ABANSD’ARA

Verdun. Impresiones de la Gran Batalla

Verdun. Impresiones de la Gran Batalla
Agustí Calvet, ‘gaziel’ 1916
29/03/2016
2 min

Peces Històriques Triades Per Josep Maria CasasúsDouaumont. S…, 29 de marzo 1916. Otra de las extrañezas que sorprenden al observador pacífico de las batallas modernas es la escasez de combatientes que se nota en las líneas de fuego. En ellas no solamente “no se ve nada”, sino que tampoco “se ve a nadie”. Las grandes masas de soldados no son visibles más que en la retaguardia. Allí, todo es agitación y movimiento de transportes, ambulancias y trenes militares. Pero al salir de esta zona de preparación y de acantonamiento, se entra en la más extraordinaria soledad. El hecho parece absurdo, porque diríase que, cuanto más cerca del frente, la aglomeración de hombres y de armamentos debería hacerse tanto más sensible y demostrativa de las múltiples necesidades guerreras. Sin embargo, la realidad es muy otra. Claro está que en las avanzadas extremas -allí donde es imposible llegar mientras transcurre la batalla- habrá gran cantidad de hombres. La soledad que se advierte en las cercanías del frente no quiere decir que los combates se libran con fantasmas. Pero, en todo caso, para el observador es como si fuera así. Y la verdadera impresión de la zona de combate es la siguiente: un vasto desierto, a la entrada del cual se nota una efervescencia inaudita, y en cuyo extremo opuesto se supone que debe haber una gran hilera o valla de peleantes, que permanecen invisibles. Entre estos dos límites, uno experimentalmente comprobado y el otro hipotético, no hay nada más que la extensión del desierto, asolada por huracanes de metralla. Esto es todo. Ni sombra de cuerpos de ejército, ni rastro de vida, ni el más leve signo de estandartes, haces de bayonetas, tiendas de campaña, voces de clarines, galopar de escuadrones, ni de cualquiera de los variados emblemas o componentes que constituían la visualidad magnífica y el colorido de las batallas antiguas. La artillería misma, que antes dominaba las colinas de las cercanías del campo, tronando en las ocasiones graves desde las alturas, entre nubes de humo, y fulminando rayos sobre los enemigos -como un aparatoso remedo de la égida jupiterina-, hoy está sepultada en las entrañas de la tierra. […]

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