Juan Cortés 1958

Josep Clarà (1958)

Peces Històriques Triades Per Josep Maria CasasúsEn su residencia de las Tres Torres ha fallecido el maestro José Clarà Ayats. Contaba 79 años de edad. Hasta la vigilia de su muerte, nada hacía pensar en su pérdida. […] Clarà, que marchó a París a fines del pasado siglo, forma parte de la extensa generación de escultores que se formó bajo la enorme sombra de Rodin, entonces en plena gloria y rodeado de la devoción incondicional de artistas y literatos que hacían el ambiente juvenil de aquellos tiempos. No obstante, a pesar del grandísimo influjo que el genio rodiniano ejerció sobre él, Clarà hubo de tender muy pronto, y puede decirse casi sin darse cuenta de ello ni él mismo, hacia una rotundidad formal que el talento de Rodin -por otra parte, tan eminentemente plástico, aunque no excesivamente arquitectónico muy a menudo- olvidaba a veces en sus desviaciones hacia la simbología, la literatura y lo que llamaríamos el impresionismo escultórico. Fanáticamente enamorado Clarà de la corporeidad que se toca y palpa, de la magnífica belleza de las formas naturales en su sosegada y plena manifestación, pronto comprendió, no obstante, que la sola realidad no es nada en sí misma como elemento de creación para la obra de arte, la cual, si no está animada y vivificada por el espíritu que en ella pone entendimiento y orden, quedará despojada de todo significado, de toda categoría artística para no ser nada más que un puro documento antropológico, en el mejor de los casos. […] Bajo su devota concepción de la forma corporal como elemento principalísimo en la obra a realizar, se entregó a su tarea modelando y esculpiendo según la guía de una diáfana intelección clasicista, con un sentido morfológico robusto y esponjado. Su sentimiento del natural se enlazaba, así, con ese ideal helenizante al que votó su adhesión en su fresca mocedad, cuando aún en pleno tanteo de orientación y busca se dio cuenta de lo que le exigía su p ropio talento. […] Sabía, también, que la escultura vive y es tal por el poder de abstracción que el artista ejerce sobre la realidad, como por la sensibilidad creadora que aquella misma sumisión exige. Y si hay arte en que estos elementos sean necesarios más que cualquier otro para poder comunicamos aquella inefable revelación de belleza a que la obra aspira, éste es la escultura. Sujetada la escultura a la forma humana, sí. Pero imponiéndole su orden, su armonía, su equilibrio y ese inaprensible latido vital que hará perdurable la obra. Estas condiciones se nos dan a manos llenas en los mejores momentos -que no fueron pocos- del gran escultor que nos ha dejado para siempre. Ha muerto después de haber obtenido una gloria sin regateo ni cicatería alguna. Era hombre llano y afectuoso, de una compresión vasta y abierta a todo lo humano. Nunca negó su atención a ninguna idea ni teoría artística o estética, aún las más opuestas a su sensibilidad o a su criterio. […]